jueves, 11 de junio de 2009


Cuando los pintores holandeses decidieron quién era mestizo, también decidieron que la pureza de algo anterior existía.

cuerpos indios

En diciembre de 2004 aproximadamente trescientos miembros de las comunidades emberá katio del Alto Sinú llegaron a Bogotá con la intención de adelantar una toma de las instalaciones del Ministerio del Medio Ambiente para protestar contra la hidroeléctrica Urrá . La acción colectiva es la única forma efectiva que ha encontrado el movimiento para establecer diálogos con el gobierno central. Y en esta ocasión se repetía el acontecimiento por vez tercera.

A la par de la acción colectiva estuvo el cubrimiento de los medios de comunicación. En especial la prensa escrita se dedicó a presentar las condiciones de insalubridad que se vivían en medio de la toma. Varios argumentos fueron expresados y testimoniados por fotografías, descripciones de primera mano o análisis de expertos para demostrar el hacinamiento, la falta de higiene, la enfermedad, pero sobre todo la pobreza. Buena parte de estos argumentos eran a la vez esgrimidos por los diferentes agentes del gobierno nacional.

Pronto el cuerpo embera fue testimonio fiel de pobreza. La pobreza así expuesta se definía como precariedad, como falta de. Lo restante, lo faltante, el complemento era la civilización. Peor aún, el principal rasgo de pobreza estaba plasmado en el cuerpo femenino. Pues las mujeres andaban con los pies descalzos, sin abrigo (Sacos o chaquetas) y muchas de ellas con los senos al aire amamantando a sus hijos pequeños, sentadas en el suelo.

Delimitar así la pobreza tiene al menos dos variantes bien preocupantes. La primera, es mostrar que las diferencias genéricas dentro de las sociedades no occidentales también están signadas por los principios del capital. Peor aun que las diferencias genéricas son impuestas por los principios del capital aun en relaciones intraétnicas. (Buena parte de los embera, hombres y mujeres le asigna a las mujeres el papel de esencialización cultural que legitima la lucha y a la vez obliga a permanecer fuera de los circuitos del capital, por el contrario los hombres, al decaer las funciones tradicionales legitiman su masculinidad a través del consumo de bienes suntuarios masculinos: botas, camisas y jeans de marca, celulares, relojes).

Y la segunda, la dificultad nacional de asignarle a los indígenas lugares concretos en la sociedad capitalista. En efecto los diferentes protagonistas no emberas del conflicto y los medio de comunicación intentaban poner en diferentes lugares a los cuerpos emberas pero siempre les resultaban falseados. Mientras las mujeres eran pobres y demasiado “indias”, los hombres, “se habían occidentalizado” pues usaban ropa ostentosa. Independientemente del género, el cuerpo embera era testimonio de ilegitimidad: o era pobre y condenadamente bárbaro, o impuro y velidoso.